Frente Auténtico del Trabajo, Mty.

Página del CETLAC-FAT en Monterrey, NL.

NO ES CASUALIDAD. Además: Londres: desigualdad incendiaria

Posted by CETLAC-FAT-Monterrey en agosto 15, 2011

León Bendesky.  La Jornada.  15 de Agosto de 2011

Tan sólo en el curso de este año hemos presenciado una dilatada serie de complejos procesos sociales, cuya profundidad y alcance aún están definiéndose. Lo que no puede hacerse es tratarlos como si fuesen asuntos anecdóticos sin una estructura discernible.

Estos procesos muestran un conjunto de fenómenos de distinta naturaleza, que se manifiestan de maneras muy diversas; sus protagonistas son dispares, ocurren en lugares disímiles alrededor del planeta y están alterando de manera sensible el modo de operar del entramado social a escala local, nacional y global.

Señalo, sin ánimo comprensivo: las revueltas en los países árabes que han acabado con un par de regímenes dictatoriales, han obligado a reformas aún parciales de otros de corte sumamente autoritario, y desembocado en verdaderas guerras civiles en Libia y Siria.

Las protestas de los indignados en España y la reciente desobediencia civil en Israel. Los choques en varias ciudades inglesas entre la comunidad de inmigrantes y policías, que dejaron varios muertos, llevaron al saqueo de tiendas y al incendio de edificios. Expusieron a un gobierno distante que sólo pudo pensar en formas más creativas de represión.

Se trata en estos casos, al parecer, de diferentes formas de exclusión como una modalidad de la recomposición de las sociedades avanzadas que dura ya casi 30 años. Vaya, los procesos de este tipo no se crean por generación espontánea.

Otra expresión con formas particulares puede ser la de la enorme insatisfacción de los jóvenes chilenos con el sistema educativo de ese país y la respuesta rígida del gobierno en turno.

El descontento y la represión en China por las consecuencias del acelerado proceso de crecimiento económico en un entorno de fuerte rigidez social y política.

Pero también está la pasmosa hambruna en Somalia, y en el otro extremo la matanza de jóvenes socialdemócratas en la próspera Noruega.

Y, por supuesto, el escenario ha estado marcado por el recrudecimiento de la crisis económica desatada en 2008 y que crecientemente se va centrando en los efectos de la acumulación de la deuda pública. Esta crisis está radicada en los países ricos; se ubica en Europa y Estados Unidos, y desde ahí genera convulsiones en el resto del sistema económico mundial.

Los gobiernos, por un lado, y los bancos centrales, por el otro, no aciertan a estabilizar la situación. El desarreglo crea cada vez más incertidumbre en un ambiente en el que crece el desempleo, la gente no gasta y las empresas no invierten. Hasta los especuladores ven reducidas sus opciones y por ahora tienden a buscar refugios parciales como el oro o de plano el dinero en efectivo.

Los ajustes fiscales que se imponen no sólo ponen en entredicho la posibilidad misma de una incipiente recuperación, sino que cuestionan de modo cada vez más abierto el papel de los Estados en la organización social. La población resiente los efectos de los recortes del gasto público. Los políticos se aíslan, la falta de liderazgo es ostensible, no aciertan a imponer nuevas normas de referencia que sean sustentables, se pierde la legitimidad de los acuerdos sociales, contribuyendo a la fragilidad reinante.

Tal acumulación de hechos tan diversos complica la comprensión de lo que ocurre y exige reordenar los modos de pensamiento con aproximaciones distintas a las convencionales.

No es posible abarcar todos los sucesos de modo indiscriminado y en un mismo plano de consideración. Un primer paso necesario consiste en la selección de los hechos tan variados, aspecto en sí mismo complejo porque se asocia con las preconcepciones que tenemos de los procesos sociales en curso.

Enseguida, y tras haber seleccionado los hechos, hay que jerarquizarlos de alguna manera, otorgándoles una relevancia absoluta y relativa para articular un discurso que pueda ser la base de alguna interpretación inteligible. Finalmente se requiere el diseño de una forma de ensamblaje para dar una cierta coherencia a los fenómenos que se observan y analizan.

Ante la avalancha de sucesos de tan diversa naturaleza existe siempre la tentación simplona de la conspiración. Pero a partir de ella no se puede construir un pensamiento crítico, cuestión que me parece esencial. Los discursos surgidos de la crisis económica y de los procesos sociales de desgaste que se están manifestando son por ahora claramente insuficientes.

Los acontecimientos se están dando tienen algún hilo articulador y no son consecuencia de ninguna casualidad. Hay ocurrencias de tipo sistémico que se están gestando en los procesos que estamos viviendo. Pero la crisis que esto representa abarca también al pensamiento dominante y al de índole crítica.

Apenas hace un siglo se dio un largo periodo de descomposición social que provocó dos guerras mundiales y una muy profunda crisis económica. El costo fue enorme. La forma en la que se restructuró el mundo provocó una expansión económica sin precedente histórico, pero en un entorno de conflicto permanente. Hoy al parecer la tendencia que se impone es la del resquebrajamiento general que provoca inseguridad crónica. Construir un pensamiento claro que abreve de diversas fuentes es imprescindible para alimentar formas de participación social menos perversas.

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Londres: desigualdad incendiaria

 . Revista PROCESO. 16 de agosto de 2011

Tradicionalmente conservadoras, las autoridades británicas, con el aparente aval de una sociedad igualmente conservadora, se apresta a golpear con la mayor dureza posible a los ciudadanos que están tomando parte en los disturbios que afectan a varias ciudades del Reino Unido. ¿Quiénes son los causantes de esta rabia social? Son –afirman analistas europeos– los desposeídos de un sistema político-social excluyente y quienes de hecho fueron apabullados desde 2009, con los ajustes derivados de la crisis económica de ese año.

LONDRES (Proceso).- Vistas con carga de prejuicio y con pobres antecedentes informativos, las imágenes difundidas por todo el planeta que muestran centros comerciales saqueados, vehículos en llamas y grupos de jóvenes encapuchados que chocan con policías antimotines parecen provenir de regiones altamente conflictivas, como África, y no de Londres, capital emblemática del primer mundo occidental.

Lo cierto es que, desde la noche del sábado 6, en la capital británica y en otras ciudades como Birmingham, Manchester, Liverpool, Bristol y Gloucester se desencadenaron disturbios que no se habían visto en por lo menos tres décadas.

Los estallidos de violencia comenzaron en el barrio empobrecido de Tottenham, al norte de la capital, cuando un centenar de manifestantes se enfrentó con la policía, lo que ocasionó destrozos de viviendas, incendios de comercios y saqueos.

Los inconformes exigían justicia por el asesinato, el jueves 4, de Mark Duggan, un británico de 29 años y padre de cuatro hijos que viajaba en un taxi. Fue abatido de un balazo por la policía en un hecho aún no esclarecido. Las especulaciones apuntan a que hubo uso excesivo de la fuerza cuando los agentes detuvieron el vehículo para arrestar al sospechoso. La Comisión de Quejas de la policía informó más tarde que la operación formó parte de un operativo planeado.

Al día siguiente, en el barrio de Brixton, al sur de Londres, un patrullero intervino en un altercado entre dos jóvenes de origen afrocaribeño, lo que desencadenó una nueva trifulca con establecimientos incendiados y saqueos. Poco a poco los disturbios se extendieron a distintos barrios de la capital británica: desde Enfield –donde una mansión cuesta más de 50 millones de dólares– pasando por Waltham Forest, Walthamstow, Islington, Ponders End y Oxford Circus, hasta la zona de Hackney, una de las más empobrecidas del país.

Otros barrios que también sufrieron destrozos por las batallas campales entre las fuerzas del orden y los encapuchados fueron Peckham, Croydon, Notting Hill, Enfield, Bethnal Green y Aldagte, por nombrar algunos. Para organizar sus ataques los jóvenes se comunicaban por medio de teléfonos celulares.

Cuando los disturbios comenzaron, el primer ministro del Reino Unido, David Cameron, y el alcalde de Londres, Boris Johnson, se encontraban de vacaciones en el extranjero. Se vieron forzados a regresar ante las presiones de una población cada vez más enfurecida por la falta de liderazgo.

Para el lunes 8, por la noche, la revuelta ya se había propagado a Birmingham, Manchester, Liverpool, Leeds, Bristol y Oxford. La Brigada de Bomberos del Reino Unido calificó los hechos como “los más convulsionados de la historia reciente”.

En ese momento, el saldo era muy inquietante: más de mil detenidos, casi un centenar de policías heridos, y destrozos y saqueos por más de 200 millones de dólares.

Tras su regreso a Londres el martes 9, Cameron convocó al Parlamento y llamó a una reunión de emergencia del Cabinet Office Briefing Room, un comité de respuesta a la crisis para coordinar las acciones de los órganos del gobierno del Reino Unido en casos de crisis nacional o regional. Luego del cónclave, decidió desplegar 16 mil policías en las calles de la ciudad.

Al día siguiente, el primer ministro participó en una segunda reunión del comité de emergencia realizada en Downing Street. Al término de ésta se dirigió a la población y dijo: “Tenemos que contraatacar, y el contraataque está en marcha”.

Incluso confirmó la posibilidad de que se apliquen planes de contingencia que incluyan el uso de cañones de agua y cachiporras contra los “revoltosos”, algo inusitado en la historia reciente de Inglaterra.

La policía, al límite

La situación se deterioró incluso más en la ciudad multicultural de Birmingham, donde tres hombres que intentaban defender una mezquita local y varios comercios de la zona murieron tras ser arrollados por un hombre de 32 años que fue detenido por la policía.

De acuerdo con varios testigos, el sujeto que conducía un Audi se subió a la banqueta y atropelló a Haroon Jahan, un mecánico de 21 años, así como a los hermanos Shazad y Munir Hussein, de 32 y 30 años, respectivamente. Los Hussein eran dueños de un autolavado que estaba siendo saqueado y atacado por grupos de jóvenes.

Varios líderes musulmanes reunidos en la mezquita de Dudley Road estaban furiosos porque las ambulancias tardaron demasiado tiempo en llegar. Dos de los hombres murieron en el lugar y el tercero falleció en el hospital de Birmingham.

La ciudad de Birmingham cuenta con cerca de 1.5 millones de habitantes y en el pasado ha sido escenario de enfrentamientos por motivos raciales. Esta localidad tiene una de las poblaciones más multiculturales del Reino Unido. Según la Oficina Nacional de Estadísticas, 33.3% de los habitantes de la ciudad no son blancos, 20% son de origen asiático, en tanto que 9% son de ascendencia africana o caribeña.

Lo cierto es que los disturbios polarizaron a la opinión pública de Gran Bretaña. Según un sondeo publicado en el periódico The Sun el miércoles 10, la mayoría (90%) de los británicos considera que la policía debe actuar con mano dura para hacer frente a los disturbios, saqueos e incidentes de violencia. El endurecimiento de las acciones policiacas incluiría el uso de camiones que arrojen chorros de agua a presión “para dispersar a los revoltosos y poner fin al caos”.

De los 2 mil 534 británicos adultos entrevistados, una tercera parte opinó que la policía debería utilizar armas de fuego para frenar los saqueos y ataques a comercios y vehículos, y 77% consideró que el gobierno debería sacar a los soldados a las calles para ayudar a los agentes policiales a restablecer el orden.

Del universo de entrevistados 57% aseguró que el primer ministro no actúa correctamente para resolver la crisis de violencia y 85% está convencido de que gran parte de quienes participaron en los saqueos e incidentes más violentos no serán llevados ante la justicia.

El escenario se complica si se toma en cuenta que Londres será la sede para los Juegos Olímpicos de 2012, por lo que cualquier solución de corte autoritario tendrá resonancias ominosas.

Simon Reed, vicepresidente de la Federación de la Policía en Inglaterra y Gales, sostuvo que las fuerzas de seguridad están trabajando “al límite de sus esfuerzos, recursos y posibilidades”.

Scotland Yard se encuentra mermada por la reciente salida de sus dos jefes más importantes –el alto comisionado Paul Stephenson y su segundo John Yates– a raíz del escándalo de las escuchas telefónicas ilegales y el pago de sobornos a la policía de reporteros del semanario News of the World.

“Lo irónico –comentó Reed– es que el primer ministro saca a otros 16 mil agentes a las calles (para hacer frente a los disturbios), justo el número de policías que planea despedir como parte de los recortes presupuestarios”. Aseguró que luego de la muerte del británico Ian Tomlinson, ocurrida en el marco de la represión a las protestas por la reunión del G-20 en Londres en 2009, las tácticas policiales quedaron bajo un escrutinio muy riguroso.

Añadió: “Las acusaciones acerca de que los oficiales utilizaron una fuerza excesiva, se grabaron en la mente de cada uno de los policías. Saben que si se les acusa de utilizar demasiada fuerza podrían perder sus empleos y ser acusados. ¿Es posible culparlos por sentir incertidumbre?

“Los policías se sienten denigrados por los políticos, que no han tenido nada positivo que decir de las fuerzas policiacas. Han modificado sus sueldos y condiciones de trabajo, así como el tono general de las políticas de seguridad.”

Más de 34 mil agentes policiales perderán sus puestos para 2015 como parte del plan de reducción del gasto público impuesto por el gobierno. Reed sostuvo que si se repiten en cuatro años los disturbios de los últimos días en Inglaterra las consecuencias serán catastróficas. “No contamos con los recursos adecuados; estamos al límite”, concluyó.

Movilización ciudadana 

A partir de los incidentes en distintas partes del país surgió un movimiento de vecinos y comerciantes que salieron a las calles como parte de la Operación Limpieza (Operation Cleanup), para limpiar los destrozos, pintar paredes o simplemente ayudar a restablecer el orden en sus barrios. El grupo abrió el sitio http://www.riotcleanup.com, en el que se brinda información acerca de sus actividades.

En Londres, Birmingham, Manchester, Wolverhampton y Liverpool, brigadas de vecinos y voluntarios se fueron congregando convocadas a través de Twitter. Morgan Frost, que participó en las tareas en Manchester, dijo sentirse orgullosa por el hecho de que tantos vecinos se hayan solidarizado y salido a ayudar. “De una experiencia tan anárquica y destructiva surge este sentimiento de ayuda y cooperación. Es fantástico”, agregó.

Incluso Cameron hizo mención a la campaña Operation Cleanup: “Hemos visto lo peor de Gran Bretaña, pero también lo mejor; los millones de personas que a través de Facebook le dieron su apoyo a la policía, o se sumaron a las campañas de limpieza. Ha sido increíble”, subrayó. Varios concejales de Inglaterra compararon el espíritu de resistencia de muchos británicos con el que se manifestó ante los bombardeos nazis de Londres hace más de 70 años.

Pero, ¿cuáles fueron las razones que desencadenaron semejantes incidentes?

Muchos analistas destacan que había un resentimiento larvado debido a la enorme brecha socioeconómica que existe en Londres, así como en otras ciudades inglesas.

La capital británica, una de las ciudades más ricas y opulentas del mundo, con algunas de las mansiones, restaurantes y clubes privados de mayor costo del planeta, posee también centenares de barrios excluidos y marginados, donde familias enteras viven desde hace generaciones bajo un desempleo endémico, sin acceso a la educación pública y olvidados por la clase política.

Las disparidades socioeconómicas se advierten en las calles de Londres. De la aristocrática y exclusiva South Kensington, donde un apartamento cercano al palacio real de Buckingham puede costar más de 100 millones de dólares, hasta la empobrecida Shepherds Bush, con viviendas de interés social y altas tasas de criminalidad y delincuencia.

En el East End, al este de la capital y que históricamente fue el sitio donde generaciones de inmigrantes buscaron refugio desde el siglo XVII, el panorama es similar. Fue allí donde surgieron las primeras “villas miserias” de la ciudad durante el período Victoriano.

Dicha zona, que en la actualidad alberga algunas de las atracciones turísticas más visitadas de la ciudad, como la Torre de Londres y el mercado de Spitalfields, se ha convertido en un amalgama donde conviven desde banqueros de la bolsa, diseñadores de vanguardia y empresarios, hasta algunas de las familias más pobres del Reino Unido, como ocurre en Hackney, Whitechapel o Bethnal Green.

De acuerdo con un informe del grupo National Equality Panel, publicado en julio de 2010, la brecha entre ricos y pobres en Londres es la mayor en 40 años y crece gracias a diferencias socioeconómicas “profundas y endémicas”. Este contraste, que se repite en muchos barrios de la ciudad, se exacerbó desde los ochenta debido a las políticas conservadoras de Margaret Thatcher, quien recortó la ayuda social, marginalizó aún más a los necesitados, y favoreció a los empresarios y banqueros de la City, beneficiados por la liberalización del mercado que ella buscó priorizar.

La crisis económica internacional de 2008-2009 y las políticas de ajuste al gasto público que implementó desde su llegada al poder en 2010 el gobierno de coalición del también conservador David Cameron ahondaron esas divisiones.

Según Gavin Poole, director del Centro de Justicia Social de Gran Bretaña, muchos de los niños y adolescentes de esos barrios empobrecidos que participaron en los disturbios recientes “son la generación perdida que enfrenta una vida de subsidios sociales en ghettos corroídos por viviendas empobrecidas, rodeados de una cultura de bandas callejeras, completamente excluidos de cualquier aspiración social”.

Abunda: “Esos jóvenes proyectan anarquía en público porque justamente viven rodeados de anarquía en sus casas. Semejante disfuncionalidad familiar, exacerbada por la pobreza y la exclusión, deja a cientos de jóvenes dañados y sin dirección”.

Y remata: “Aunque es importante reconocer el caos generado por los disturbios, la situación debe exponer el hecho de que Gran Bretaña es una sociedad quebrada, con muchos de sus habitantes totalmente alienados de los valores y responsabilidades que se esperan del resto”.

Al mediodía del jueves 11, al concluir la reunión de emergencia en la Cámara de los Comunes, Cameron declaró que los disturbios estaban controlados, luego de la calma que prevaleció a partir de la noche del miércoles, y aseguró que se mantendrá el despliegue policiaco hasta el domingo 14 para evitar el resurgimiento de la violencia. Si esto ocurriera, advirtió, se recurrirá incluso al establecimiento de la ley marcial para que las fuerzas del orden puedan combatir los disturbios.

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